Luis Daniel Álvarez V.
Hace unos días el presidente de Argentina Javier Milei viajó a Brasil. Su periplo debe analizarse desde varias perspectivas, considerando que no se trató de una visita oficial sino que acudió al vecino país para participar en el lanzamiento presidencial de Flavio Bolsonaro, principal adversario opositor de la contienda en la que Lula da Silva buscará la reelección.
Sin embargo, la intervención de Milei pareciera no haber sido bien recibida. Los comentarios burlescos del mandatario argentino no despertaron reacciones favorables ni espontáneas. Algunos argumentaron que ello se debía a asuntos relacionados con la traducción, aunque detrás de la frialdad podría haber algo más; y es que las expresiones altisonantes del presidente argentino hacia figuras de la política y el sistema brasileño podrían resultar totalmente contraproducentes para las aspiraciones de Bolsonaro.
Lo primero que se evidenció al momento del saludo es que Milei criticó que la justicia de Brasil no le permitiera visitar a su amigo, por lo que le pedía al hijo que le enviase un abrazo, a sabiendas que pronto estaría en libertad. La actitud de Milei no se quedó allí, pues al momento de intervenir, en español, atribuyó que la falla del micrófono se debía a que “el ladrón” los había manipulado, para luego referirse al kirchnerismo como “la versión argentina del presidiario”, refiriéndose indudablemente al presidente de Brasil. Luego dijo que “la basura calva”, en referencia al juez Alexandre de Moraes, no le había permitido visitar a su amigo “injustamente encarcelado”. En su alocución el mandatario señaló que en argentina existe el “riesgo kuka” y en Brasil tienen “el riesgo Lula”.
Evidentemente, la reacción brasileña no se hizo esperar, reclamando con indignación y activando canales diplomáticos. Sin embargo, pese a que el mandatario argentino, cónsono con su estilo, quedó como ofensivo y destemplado, dejando de lado el interés nacional, puede haberle hecho un favor a la campaña de Lula, pues lo victimiza, lo pone en el horizonte de la injerencia extranjera y muestra a sus adversarios en una debilidad extrema que se manifiesta al tener que recurrir a un actor foráneo para impulsar sus opciones.
Milei, a quien podría interesarle que gane Bolsonario, pero que no necesariamente le disgustaría la victoria de Lula para mantener su retórica y tratar de seguir vendiéndose como el antídoto al retorno peronista al poder, puede haber jugado una carta que a la larga puede constarle a las aspiraciones de los Bolsonaro por regresar a la primera magistratura.
Mientras tanto en Argentina, los opositores al gobierno actual también aplauden, pues mientras el país requiere resolver los problemas, el presidente va de escenario en escenario levantando la mano a candidatos y descuidando el gobierno. Por allí podría irrumpir un elemento que emplee la oposición argentina para impulsar sus aspiraciones.
Finalmente, pareciera que no fue Lula quien le saboteó el micrófono, sino que fue el mismo Milei con su torpeza.

